Cocinar el loto

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Cocinar el loto es un corolario de todas las renuncias, los olvidos, los abandonos… Necesariamente hemos de comer loto “para olvidar”, como los desgraciados ‘héroes’ de ese viaje homérico que, durante 20 años, buscaron Ítaca infructuosamente. Cocinar el loto es, como éste, un travesía hacia el interior del fracaso o el aplazamiento. Un viaje hacia la superación del amor, el paraíso perdido, que, la mayor parte de las veces, es una degradación del hombre.

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La orografía de Ítaca es femenina. Tienes caderas prometedoras y senos incitantes. Suaves pliegues en los que exorcizar maldiciones y conjuros; profundas moradas donde sembrar la memoria húmeda de los abandonos.

Ítaca es una mujer. No; Ítaca es la mujer que perdemos al perjurar, al traicionarnos, al defender causas bastardas. Entonces la maldición; el castigo, la renuncia, el olvido.

Cocinar el loto es un corolario de todas las renuncias, los olvidos, los abandonos… Necesariamente hemos de comer loto “para olvidar”, como los desgraciados ‘héroes’ de ese viaje homérico que, durante 20 años, buscaron Ítaca infructuosamente. Cocinar el loto es, como éste, un travesía hacia el interior del fracaso o el aplazamiento. Un viaje hacia la superación del amor, el paraíso perdido, que, la mayor parte de las veces, es una degradación del hombre.

Ítaca es el sueño, el deseo, el proyecto fracasado, que nos hace más fuertes, más egoístas, más sucios.

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