Depredador

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Depredador es un nombre engañoso. La estética de este libro es de una estirpe neorromántica innegable; altamente inflamable; sustancial y esencialmente femenina. Los símbolos acuden al imaginario del lector sin forzar límites, suavemente; sin torsiones ni distorsiones que estorben la comprensión. Y sin embargo, alcanzan nuevos ecos a través de dicotomías extremadamente sutiles, paradojas perfectamente solubles en la realidad. El árbol blanco, el invierno, las hojas secas, la incertidumbre y el miedo (el bosque que se aleja) se contrapone a las sensaciones urbanas (la ciudad llena de árboles de metal); la necesidad de enraizar de un árbol de copa nevada, la ausencia de frutos, el tiempo que se descompone como las hojas muertas, la conciencia de ser distinta y de estar sola entre los demás árboles que componen el bosque: la asunción de una cierta frustración vital y amorosa.

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¿Cómo se siente quien, de pronto, se sabe en una celada? Las alas enredadas en una red tupida, absorto en los ojos de tu captor, agradeciendo que te libere, pero temeroso de cuál habrá de ser el final de una peligrosa y necesaria aventura. ¿Qué emociones transitan la conciencia de quien se siente presa de un Depredador?

Este primer libro de Virginia Fernández Collado bien podría ser una introspección, un ‘estudio’ personalísimo de las sensaciones de quien sabe que en cualquier tipo de relación siempre hay riesgo de que, tras el ilusionismo de la pasión amorosa, haya unos ‘ojos fríos’ agazapados, dispuestos a extinguir cualquier tipo de certezas. O, quizás, la sospecha de que el otro oculta una verdad inquietante. O de que sean los sentimientos los verdaderos depredadores de la confianza y la autoestima.

Depredador es un nombre engañoso. La estética de este libro es de una estirpe neorromántica innegable; altamente inflamable; sustancial y esencialmente femenina. Los símbolos acuden al imaginario del lector sin forzar límites, suavemente; sin torsiones ni distorsiones que estorben la comprensión. Y sin embargo, alcanzan nuevos ecos a través de dicotomías extremadamente sutiles, paradojas perfectamente solubles en la realidad. El árbol blanco, el invierno, las hojas secas, la incertidumbre y el miedo (el bosque que se aleja) se contrapone a las sensaciones urbanas (la ciudad llena de árboles de metal); la necesidad de enraizar de un árbol de copa nevada, la ausencia de frutos, el tiempo que se descompone como las hojas muertas, la conciencia de ser distinta y de estar sola entre los demás árboles que componen el bosque: la asunción de una cierta frustración vital y amorosa.

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